Jon Rahm: la fiera incontrolable que se calmó y alcanzó la cima del golf mundial

La postal del éxito: Rahm campeón del Memorial y nuevo Nº 1  Crédito: USA TODAY Sports

Escribe Gastón Saiz
Diario La Nación de Argentina

Contra todo y contra todos. Entró en acción, se enfrentó a numerosos peligros y terminó convirtiéndose en un héroe moderno: Jon Rahm alcanzó su gran sueño de ser Nº 1 del golf mezclando pasión y poder de fuego en iguales dosis. Tal como lo hacía John Rambo, aquel personaje inmortalizado por Sylvester Stallone en el cine. Por eso es que el vasco nacido en Barrika se ganó el apodo de “Rahmbo”, un verdadero batallador de la vida que hoy disfruta de su pico de gloria deportiva.

Pura emoción: este último domingo, a Rahm se le cayeron las lágrimas poco después de recibir el trofeo del Memorial Tournament de manos de Jack Nicklaus, el más grande campeón de majors (18) y dueño de todo en el campo de Muirfield Village, en Ohio. Fue la consumación de un estilo para el golfista de 25 años, que desde pequeño tuvo como guía a Severiano Ballesteros, su antecesor español en la cima del ranking mundial desde que se instituyó el listado en 1986.

En realidad, solo se trata de un hito más en el largo camino que Rahm se trazó: se adjudicó cuatro torneos del PGA Tour y ahora persigue su primer torneo grande, posibilidad muy cercana en el almanaque. El PGA Championship espera sus furibundos drives en el TPC Harding Park de San Francisco, desde el 6 de agosto. Mientras tanto, se dio el gusto de desbancar al norirlandés Rory McIlroy del liderazgo del ranking y llegó al trono del golf solo cuatro años y 27 días después de haberse hecho profesional. Y todo gracias a esa testarudez bien entendida que lo ha llevado a ser el dominador en estos tiempos de pandemia y ausencia de público en las canchas.

Rahm lleva acumulados 19.795.181 dólares en sus cuatro años en el PGA Tour. Además de sus cuatro conquistas en esta gira, logró seis victorias en el Tour Europeo

“Yo valoro un segundo puesto, un tercero, pero como competidor quiero ganar. Es así de simple. Vivo para competir”, repite Rahm, que mide 1,91m, pesa unos 100 kilos y conoce de memoria todas las estadísticas de Ballesteros, aquel golfista que en la década del ’80 enamoró a Europa y Estados Unidos con su juego romántico y pasional. Su madre Angela fue quien lo llevó a la escuela bilbaína de golf de Eduardo Celles, que recuerda: “Jon le pegaba fuerte a la bola y con mucha ilusión por el golf. A los 14 años me soltó camino a su escuela: ‘Eduardo, voy a ser el número 1 del mundo”.

La relación amistosa con Celles perduró con el tiempo, pero su academia le quedó chica a Jon para su progreso deportivo. Apañado por la Federación Española, así fue como Rahm se mudó de su tierra para ir a la residencia Joaquín Blume, un centro de alto rendimiento para atletas, establecido en Madrid. Y con los años dio el salto más duro debido al desarraigo que implicaba: la Universidad de Arizona, adonde aterrizó sin hablar una palabra de inglés y sintió el rechazo, al punto de amagar con empacar las valijas y volverse a España. “Como inmigrante hispano en Estados Unidos, aunque ni siquiera estoy cerca de experimentar lo que algunas personas han sufrido en este mundo por discriminación, sí he podido comprobar cómo por el solo hecho de hablar español, incluso conmigo mismo, me han mirado mal y de forma despectiva”, contó al diario El País.

Sin embargo hoy parece un norteamericano más y se mueve con total soltura en el circuito. Una adaptación fabulosa para un hombre dueño de una pronunciación perfecta en inglés, casado con la estadounidense Kelley Cahill -el amor nació en una fiesta de disfraces en la Universidad- y bajo el aura de un manager de la misma nacionalidad. Nada más vital en el PGA Tour que saber ambientarse pronto a un círculo salvaje e hiperexigente, en donde es tan importante rendir dentro de la cancha como saber manejarse socialmente fuera de ella.

Domando el carácter 

Aquel joven que había probado casi todos los deportes sabía que tenía magia para el golf y se involucró de lleno; hasta por demás. Se le recuerdan algunos pecados de juventud, como haber partido en dos las barras de salida en un tee por un mal golpe con el driver, aunque llevara cuatro golpes de ventaja y quedaran cinco hoyos por jugarse. También fue expulsado una vez de un torneo por su comportamiento. Tenía un carácter irascible. Pero fiel a su idea de ser cada día un poco mejor, enfatizó en el trabajo mental y de control de sus emociones. Así consiguió más paz interior, la manera apropiada para domar a aquella fiera desatada que todavía se le advertía en su primer año en la máxima gira.

Entiende que la procesión es interna, más allá de que nació y morirá con sangre caliente -como buen fanático de Athletic de Bilbao-, y es por eso que se tomó de ejemplos cercanos. “Me gustaría ser como Rafa Nadal, que tiene esa rabia, es un gran competidor y lo tiene bajo control. Posee una gran fuerza mental. Ahí es hacia donde intento caminar”, explica Rahm, que describe: “Es un trabajo continuo. Esas ganas de ganar, esa rabia, hay que tenerlas, y me han ayudado mucho”.

Este volcán siempre en erupción llegó a generarse una presión desmedida que lo obligó a parar poco antes del anterior US Open: la idea fue dejar la bolsa de palos a un costado y resetear la cabeza: “Soy bastante adicto al trabajo. Me gusta entrenarme, estoy todo el día entrenándome sin parar pero tuve que frenar, dejar los palos, irme a la despedida de soltero de un amigo en Las Vegas y disfrutar de la vida como el hombre de 24 años que soy”, confesó en su momento.

Este golfista de apellido suizo, descendiente de un carpintero que llegó a Bilbao a comienzos del siglo XIX, encontró el ritmo exacto para ser apabullante en la cancha, como lo demostró en el Memorial al imponerse por tres golpes. Posee un juego demoledor: es muy bueno tanto en el juego corto como con el putter y el drive. Tenía un balance menos positivo en las sacadas de búnker, pero corrigió ese rubro. Y a nivel de estrategia es brutal: aumentó el ángulo de la cara de los palos -modificó el loft- para regular distancias y tener golpes más controlados con bolas más altas. El confinamiento lo llevó a subir su masa muscular, aunque todo medido bajo parámetros bien estudiados, como esa calma mayor que atesoró para evolucionar. Así, Rahm vive hoy su luna de miel con el golf y mirando a todos desde lo más alto.

Foto: AP

Author: Area Prensa

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